lunes, 16 de enero de 2017

Verano 99/00

Estoy sentada a los pies de la cama grande, una manta entretejida, finita, de un color claro, me rodea
mientras miro televisión
dibujos animados, japoneses seguramente,
en un canal de televisión que ya no existe.

La ventana está casi tapiada
entran pocos rayos de luz por la persiana
los suficientes como para verme las piernas y las rodillas descubiertas
iluminadas por la pantalla
son casi las doce del mediodía.

Mi viejo tiene cáncer
todos piensan que yo no lo se
por que tengo doce años
y no digo demasiado
pero antes hablaba más

ese fue un verano muy silencioso.

Ese verano aprendí a escuchar.

Por el pasillo se siente el olor a milanesas de mi abuela
que vino a quedarse un oar de meses.
El ajo y perejil hacen desaparecer cualquier malestar
incluso el que ella siente
exorcizan el miedo al futuro
de arriba de la mesa.

Mis hermanos, cada uno en sus cosas, en el piso de arriba
pero ya escucho a mi hermana bajando la escalera
para ayudar a la abuela y absorber de ella ese ritual de ollas, ensaladas, horno, y condimentos
e imitar sus movimientos, apropiándose de esa coreografía histórica,
que al fin y al cabo es lo único que quedará de ella.


Mi abuela se enoja por que no hago más que reptar por la casa, entre pileta, videojuegos, revistas y animé

me dice "Tendrías que ayudar más, ser más como tu hermana"
mi abuela quiere olvidar que soy chica
lo entendí de grande, cuando sus otros nietos se quedaron sin madre
mi abuela temía no poder estar siempre
quería que crezcamos rápido
como ella

que siempre fue vieja.

Llegando al comedor yo la peleo, le cambio el canal, Mirta Legrand nos invita a ser parte de su mesa, mi hermano dice que es una vieja facha, yo entiendo lo que quieren decir esas palabras por el tono con el que sus ojos las pronuncian, mi hermana se enoja, la abuela sirve la comida, yo me río e invito a una amiga a pasar la tarde en el gran borda que es mi casa, dónde cada porta retratos tiene una forma distinta, adecuada a la foto que contiene. Los limpio con esmero, eso si me gusta, limpiarlos, mirarlos, ordenarlos sobre la mesita de vidrio a los pies de la escalera. Me paso la hora de la siesta mirando fotos viejas imaginando a todos esos familiares que evocan las fotografías y que no llegué a conocer, hasta que llega mi amiga y nos vamos a la pileta.

Los perros en el patio se pelean
las naranjas se siguen cayendo del naranjo, y se pudren,
por que son tan amargas que nadie las quiere comer,
la Santa Rita envuelve el techo que da hacía la parrilla
crecen unas rosas blancas y rojas, y los caracoles las agujerean.

Mi viejo vuelve, el verano termina como si hubiera sido una larga película independiente europea.

Ese fue el último verano eterno
Todos los demás veranos duraron un segundo.



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